Concierto
de año nuevo
Primer
Premio del XIII Certamen Literario
de
Relato Corto “Café Compás”, Valladolid
El
organero Klaus Grenzing sentía la incertidumbre disolviéndole el
estómago. El lacayo de la Emperatriz irrumpió en su casa cuando,
arrebujado entre mantas, transitaba por los intrincados laberintos
del sueño. No hubo más explicación aparte de que Su Majestad
deseaba verlo con urgencia, y ahora lo conducía en carroza amparado
por la furtividad nocturna de las calles de Viena.
El palacio de
Schönbrunn apareció silueteado por el resplandor vaporoso de la
ciudad que quedaba a sus espaldas, imponente aun en la oscuridad,
mientras Grenzing no cesaba de preguntarse qué habría hecho mal
para que la emperatriz María Luisa lo requiriese a horas tan
intempestivas. La restauración del órgano había sido exitosa, le
había devuelto el sobrecogedor sonido que conseguía estremecer los
vetustos muros de la catedral de San Esteban y las almas de los
feligreses, lo había destripado para revisar y remozar teclados,
registros, fuelles, pedales y, sobre todo, había reinstalado con
precisión milimétrica las correderas que permitían fabricar el
sonido al expulsar el aire por los tubos. La Emperatriz no había
malgastado su dinero con la reparación del hermoso instrumento
musical, todo funcionaba perfectamente… ¿o acaso no?
El lacayo, lacónico, embutido en su librea, o no sabía
o no quería aclararle las dudas, se limitó a abrirle la portezuela
de la carroza, adentrarlo en palacio con el sigilo de los gatos y
conducirlo por un dédalo de pasillos hasta una suntuosa habitación
donde la Emperatriz aguardaba. Grenzing notó las piernas trémulas y
un redoble de corazón. Sin embargo, María Luisa sonreía, no debía
de estar descontenta al parecer. Ella no se anduvo por las ramas; le
hizo sentar y le explicó el motivo de su llamada con un brillo
malicioso en las pupilas.
-Pero Majestad, ¡eso no puedo hacerlo!
Fue entonces cuando la Emperatriz agrió el semblante.
No había nada que discutir, eran sus deseos, de modo que Grenzing se
limitó a inclinar la cabeza, a apretar los dientes y a regresar a
casa acompañado por el lacayo. Los baches del camino hacían
tintinear los ducados de oro contenidos en la bolsa que le habían
entregado: se sintió más sucio que Judas traicionando a Cristo.
*
* *
Era
normal que aquello sucediese en Viena, la ciudad donde la música se
amalgamaba con el aire ondulándolo con blandura dulce, el lugar
donde recalaban hechizados los grandes compositores e intérpretes de
la época. Se había creado una gran expectación acerca de quién
sería el privilegiado que reviviera el magnífico órgano de San
Esteban después de años fenecido, pero la propia Emperatriz había
instruido órdenes tajantes de que no se supiera hasta el mismo
momento del concierto previsto para la mañana de año nuevo. Lo
cierto era que en aquellos inicios del siglo XIX el órgano como
instrumento musical había experimentado un notable declive en el
orden de preferencias de los grandes maestros. Desde que Juan
Sebastián Bach lo elevara a la cúspide de lo divino no había hecho
sino emprender una espiral descendente que lo arrumbaba a la
categoría de lo olvidado o lo caducado. Sólo Mozart le permitió un
último hálito de grandeza con su Fantasías y sonatas, pero
el genio ya estaba muerto, e, ignorado por los compositores, pocos
eran los músicos que se entregaban al arduo aprendizaje del órgano,
al complicado manejo simultáneo de teclado, pedales y registros.
Entre la nobleza corrían, como un
vacuo entretenimiento más, las apuestas de quién sería el
intérprete que alumbraría nuevamente de música el interior de la
catedral. La mayoría se decantaba por el español José Lidón, el
más virtuoso organista del momento y maestro de la Capilla Real
Alemana. Sería el candidato ideal, el que extrajera lo mejor de la
restauración llevada a cabo por el organero Grenzing. Cuando lo
comentaban a Su Majestad, María Luisa curvaba enigmáticamente sus
labios en una media sonrisa, divertida de lo equivocadas de aquellas
conjeturas. El candidato lo llevaba tatuado en su mente desde un par
de años atrás, desde que el bastardo se permitiera tamaño
desplante hacia ella cuando se encontraron frente a frente en el
balneario de Teplice.
*
* *
Ludwig
van Beethoven estaba furioso, sentía una acidez zumbona en su
vientre abultado que a duras penas contenía la faja. El maldito
dinero otra vez. Después de conocer el desahogo, ahora de nuevo le
rondaban como buitres las preocupaciones económicas tras la quiebra
y el fallecimiento de los príncipes Lobkowitz
y Kinsky respectivamente, sus mecenas. Y había tenido que aceptar,
cómo no, la generosa oferta de la emperatriz María Luisa. ¿Por qué
lo había elegido a él? Nunca lo habría imaginado después del
incidente y, además, ¡él no se consideraba un organista! Era
compositor, director de orquesta y pianista, aunque se veía
perfectamente capacitado para interpretar un instrumento con el que
entabló amistad en la niñez, de lanzar con él notas al aire como
si fueran fuegos artificiales y encandilar al auditorio.
Sí,
estaba furioso a pesar de aliviar sus problemas financieros. Lo
estaba con frecuencia desde que la sordera le privó del placer de
escuchar la belleza de sus composiciones: la música tenía que
imaginársela, traducirla de las vibraciones que transmitía el piano
a través de su estructura y del suelo, aunque para un genio como él
no era obstáculo interpretar marcando los tiempos con exactitud sin
necesidad de oír. Pero ahora estaba especialmente irritado
porque aceptar el ofrecimiento de la Emperatriz
implicaba tragarse su orgullo después del encontronazo con Su
Majestad dos años atrás, en el balneario de Teplice, el desaire que
fue la comidilla de la Corte. Beethoven comenzó a rememorarlo con la
fidelidad con que se graban en la memoria los sucesos
extraordinarios: él caminando junto a Goethe por la alameda, de
frente aproximándose la Emperatriz con su familia y corte, Goethe
haciéndose a un lado para saludar con una servil reverencia. Él se
negó a semejante muestra de sumisión; le reventaban la altivez y la
indiferencia de esa clase de parásitos que para él representaban
casi todos los nobles. Se caló el sombrero y mantuvo altaneramente
su paso por el sendero incrustándose en el séquito como un barco
que separa las aguas al navegar, ante el gesto atónito e irritado de
María Luisa y sus acompañantes que tuvieron que apartarse. Cuando
Goethe le alcanzó de nuevo, Beethoven le recriminó su
comportamiento lacayo. ¡Qué ironía! ¡Comportamiento lacayo el del
pobre Goethe! ¿Y qué estaba haciendo él ahora si no plegarse a la
voluntad de la Emperatriz, verse obligado a interpretar un
instrumento que tenía postergado por completo?
*
* *
El organero Klaus Grenzing contemplaba el perfil
irregular de las últimas casas recortadas en el horizonte conforme
abandonaba Viena. No podía seguir allí, no sin que la vergüenza y
una reputación fulminada fuesen sus perpetuas vestimentas cada vez
que salía a la calle. Rememoraba el día de año nuevo con escozor.
Su conciencia le impelió a asistir a la catedral de San Esteban
antes de que lo retorciera por dentro como una cuerda de reloj.
Abarrotada, la nobleza no pudo reprimir un murmullo de asombro cuando
Ludwig van Beethoven apareció en escena. ¡Un sordo! ¡Y además
enemistado con la Emperatriz! ¿Cómo es posible? ¡Pero si no es
organista! María Luisa suspiró aliviada después de que dudara mil
veces que el compositor apareciera. Luego, dibujó una sonrisa
pérfida: la venganza estaba servida.
Beethoven,
hierático, tomó asiento en las alturas sin saludar al auditorio,
dándole la espalda. Sus dedos entrenados comenzaron a teclear con
maestría, con ritmo estricto, los compases de la Tocata
y fuga del genial Bach. Sin embargo,
los tubos del órgano no emitían sonido alguno. La estupefacción
inicial de la concurrencia se trastocó en risas tímidas y sonoras
carcajadas después, dirigidas por una complacida Emperatriz que
cumplía su deseo de mofarse en público del orgulloso músico. “El
tonto no se da cuenta de que no se escucha nada”, dijo María Luisa
como remate. Grenzing, abochornado en cuerpo ajeno, huyó de la
catedral con un nudo en la nuez, arrepentido por haber manipulado la
noche anterior, después del último ensayo clandestino del maestro,
las correderas para que impidieran que el aire escapara por los
tubos, Sin que nadie le advirtiese, Beethoven cumplió con la primera
pieza. Al finalizar, se irguió con rigidez y, tras descender, se
encaminó directamente hacia la Emperatriz, encarándola.
-Majestad
–le dijo con mirada acerada-, mis oídos son sordos, pero mi cuerpo
aún puede vibrar con la música. Le aseguro que nunca he tocado el
órgano mejor que hoy. Lástima que Su Majestad y la concurrencia no
hayan podido apreciar mi magistral interpretación.
Luego, frunció el ceño, se giró y abrió una brecha
entre la marea humana sin doblegarse a reverencia alguna, dejando a
la Emperatriz con los labios descolgados.
El organero Grenzing miraba a través de la ventanilla
de la carroza. Los árboles desnudos le devolvieron a la realidad. Se
imaginó como Judas, arrepentido, colgándose de uno de ellos por
haber contribuido al vilipendio del maestro, el rostro azulado, la
lengua obscenamente fuera y el pene erecto, pero era demasiado
cobarde para ello. Eso sí, cuentan algunos que aquella carroza fue
dejando un rastro de ducados de oro por el camino, monedas que algún
pasajero se entretuvo en dejar caer una a una como las cuentas de un
rosario que sirviera para expiar los pecados.